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invisible





 la noche despide
su manera arrogante
de mecerse donde quiera
y las ropas de los sirvientes,
caminan por la casa...

 la distancia es un caudal de eternidad
y la eternidad busca un paso en ti, amor



Anhedonia



    La cuestión de la unidad lo preocupaba por lo fácil que le parecía caer en las peores trampas. En sus tiempos de estudiante, por la calle Viamonte y por elaño tereinta, había omprobado con (primero) sorpesa y (después) ironía, que montones de tipos se instalaban confortablemente en una supuesta unidad de la persona que no pasaba de una unidad lingüística y un prematuro esclerosamiento del carácter.
    Esas gentes se montaban un sistema de princípios jamás refrendados  entrañablemente, y que no eran más que una cesión a la palabra, a la noción verbal de fuerzas, repulsas y atracciones avallasadoramente dsalojadas y sustituídas por su correlato verbal.
  
 Y así el deber, lo moral, lo inmoral y lo amoral, la justicua, la caridad, lo europeo y lo americano, el día y la noche, las esposas, las novias y las amigas, el ejército y la banca, la bandera y el oro yanqui o moscovita, el arte abstacto y la batalla de Caseros pasaban a ser como dientes o pelos, algo aceptado y fatalmente incorporado, algo que no se vive ni se analiza porque es así  y nos integra, completa y robustece.

La violación del hombre por la palabra, la soberbia venganza del verbo contra su padre, llenaban de amarga desconfianza toda meditación de Oliveira, forzado a valerse del propio enemigo para abrirse paso hasta un punto en que quizá pudiera licenciarlo y seguir -¿cómo y con qué medios, en qué noce blanca o en qué tenebroso día?- hasta una reconciliacion total consigo mismo y con la realidad que habitaba.


  Rayuela (1963) - Julio Cortázar.